Camino a la pista de Chapultepec, la costeña me platicó que de chica quería ser puta.
- ¿En serio?- le dije emocionada.
- Sí, de veras. ¿Te cuento?
- ¡Bamba!
Mi amiga comenzó a contarme la anécdota:
Éramos tres niñas que nos entreteníamos afuera de la vecindad…Porque nunca te he contado, pero mi niñez la viví en una vecindad paupérrima de la Merced…Todos los días veíamos a las putas que llegaban a trabajar, pues la acera en la que se ubicaba la dichosa vecindad era su favorita para esperar clientes que, por cierto, nunca les faltaban. Eran hombres de todo tipo: gordos, flacos, feos, guapos; claro que no eran tipos de la mejor condición social, pues las putas no eran precisamente VIP.
- ¿Cuánto?- se acercaban los tipos a preguntarles a las trabajadoras.
- Doscientos, más el hotel-contestaban ellas.
En una de sus visitas a la ciudad, mi madrina me dijo que los hoteles eran muy, muy bonitos, que uno se dormía y al otro día, después de bañarse y arreglarse, se iba de paseo. “Cuando regresas ya todo está muy limpio mi´ja. No hay trastes que lavar, ni trapear, ni barrer, ni nada. Yo me emocionaba mucho cuando pensaba en eso. Más cuando unía la idea del hotel con la de ser puta.
Ser puta es muy fácil-imaginaba-, nada más es cosa de pararse en la calle, pintarse la boca, usar faldas cortitas, esperar a los hombres…luego…¡al hotel! ¡Qué suave! ¡Las putas no hacen nada más que ir al hotel! ¡Y por eso les pagan!
Así que un buen día corté el vestido más bonito, me pinté la boca de color carmín y le pedí a mi mamá que me enseñara a besar. Cuando me vio, lo único que hizo fue darme una chinga.
Luego me dijo que yo estaba muy chica para andar pensando en tanta pendejada, que mejor aprendiera a leer y que si volvía a romper otro vestido iba a andar encuerada en la calle para que aprendiera.
Ni modo. Mi madre no me enseñó a besar. Y lo peor era que mis amigas tampoco sabían besar. Así que lo único que pudimos hacer fue jugar a pedir entre nosotras.
- ¿Cuánto?-decía una de nosotras.
- Cien, más el hotel-contestaba otra.
“Era divertido. Nos pagábamos con fichas de refrescos y caminábamos abrazadas por todo el corredor con los tacones más altos de nuestras mamás…
Lo peor fue cuando en la doctrina la señorita catequista empezó a preguntar a todos los niños qué queríamos ser de grandes. Yo, muy orgullosa, fui la primera en decir que quería ser puta. La pobre señorita levantó los ojos al cielo con todo y arrugas, juntó las manos en señal de súplica y corrió a hablarle al cura.
El padre no tardó en llegar al lugar de los hechos. Me miró con cara de pena. Luego, con una voz chiquita, chiquita me preguntó:
- Hijita, ¿qué es lo que quieres ser de grande?
- ¡Puta, padre! -dije con una enorme sonrisa.
El padre cerró los ojos. Las orejas se le pusieron rojas, muy rojas. ¡Ja, ja, já! Y luego preguntó:
- ¿Y tú sabes qué es eso, corazón?
- ¡Sí padre! –dije aún más contenta-. La señorita catequista estaba a punto de desmayarse.
-¿Y tu mamá lo sabes?-continuó el sacerdote.
-Sí, padre.
El cura y la señorita se miraron con cara de consternación. Luego mandaron llamar a mi mamá y se encerraron con ella en la sacristía durante un buen rato.
Cuando mi mamá salió, traía los ojos grandes y los dientes bien apretados. Sin decir una sola palabra me pescó del suéter y me llevo a rastras hasta la casa, de donde no me dejó salir hasta que aprendiera que PUTA es una palabra fea que no debe decírsele a ninguna mujer, ¡aunque lo sea!